Consejos de viaje. Respetar lo distinto.
El turismo es unidireccional, del Norte rico al Sur pobre. Los blancos van de visita a tierras de negros y amarillos; mientras éstos cuando van a Europa o a Estados Unidos es para trabajar. Cuando uno piensa en la discriminación que sufre, por ejemplo, los norteafricanos y turcos en Francia y Alemania, puede comprender a veces el rechazo al occidental en esas zonas.
Con nosotros viaja un determinado tipo de cultura que, queramos o no, tendemos a imponer a los nativos, convirtiéndonos en instrumentos de colonización cultural y mensajeros de un modo de vida que no necesariamente es el mejor allí donde vamos. Ya que esto es inevitable, hay que tomar conciencia de ello y, por lo menos, procurar no agravarlo.
El respeto se debe mantener tanto a las personas como a las cosas. Muchos viajeros no tienen reparo en tirar en cualquier parte su basura, arrancar corales o llevarse tesoros arqueológicos. Algunos europeos no sienten escrúpulos al comprar por tres o cuatro mil pesetas el bien más preciado para un tuareg, su espada familiar, que se ve obligado a vender para poder comer. En la zona argelina de Djuanet. Han desaparecido casi todos los dibujos rupestres y los nativos han llegado a la conclusión de que el turismo apenas les beneficia.
Solemos pensar que los pueblos africanos, asiáticos y latinoamericanos son muy atrasados por la importancia que dan a los adivinos, horóscopos y ritos. Sin embargo, supersticiones existen en todas partes: nuestro 13 y martes, el 13 y viernes anglosajón... Los italianos tienen dos números malditos, el 13 y el 17. cuando viajes en un avión de Alitalia, observa que no existen filas de asientos con esos números o en Estados Unidos, plantas de hoteles con el piso 13. Sin perder la dignidad ni permitir abusos, la norma debe ser comportarse como si uno fuera un invitado. Asimilar las costumbres locales está bien, pero sin caer en imitaciones ridículas. Por el hecho de ponerte una chilaba ni les respetas más ni ellos te van a respetar más.
Para terminar, hay que evitar hablar de la vida política y creencias religiosas de uno mismo. Profundiza en la cultura de ellos, pero no las compares sistemáticamente con la tuya. No te empeñes en explicar a un musulmán las razones de tu ateísmo ni te pongas a dar lecciones sobre la liberación de la mujer a una campesina boliviana.
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