Mostrando entradas con la etiqueta Galeria de favoritos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Galeria de favoritos. Mostrar todas las entradas

29/11/13

Dian Fossey, la amiga de los gorilas

Pionera. Sus investigaciones de los gorilas del África ecuatorial se confirmaron fundamentales para la conservación de estos simios casi extinguidos. Su obra más conocida: “Gorilas en la niebla”.

Nacida en San Francisco en 1932, tuvo una infancia desgraciada por la separación de sus padres cuando ella contaba apenas tres años de edad. La unión de su madre a una nueva pareja no mejoró, más bien al contrario, la situación familiar de Dian. Su padrastro le proporcionó un maltrato psicológico que, lejos de debilitarla, la impulsó a estudiar con más tesón en el intento de huir de esa injusta situación.

En 1954, obtuvo la licenciatura en terapia ocupacional por el San Jose State College, consiguiendo desarrollar su especialidad en el Kosair Children’s Hospital de Kentucky, donde existía una importante área en la que se investigaban modernas técnicas de trabajo con niños de educación especial. Desde su llegada al centro se entregó por entero al cuidado de los niños discapacitados psíquicos, quienes parecían haberla escogido como principal compañera de juegos y comunicación. Sus métodos gestuales consiguieron mayor cercanía de lo habitual con estos críos tan
necesitados de afecto y, pronto, sus compañeros de trabajo coincidieron en que Dian parecía haber nacido para esta forma tan hermosa de enseñanza.

Sin embargo, el destino quiso que en 1960 cayera en sus manos el libro escrito por el afamado zoólogo George B. Schaller, primer texto especializado en gorilas de montaña. En sus páginas, además de extensas narraciones sobre el hábitat y comportamiento de estos grandes simios, se arrojaban cifras catastróficas sobre su censo. En efecto, según el recuento de Schaller apenas quedaban 500 ejemplares en una zona de África Central jalonada por ocho volcanes situados entre el Congo, Uganda y Ruanda. Y lo peor estaba por llegar, dado que la moda de coleccionar cabezas, manos y pies de estos primates estaba provocando una matanza indiscriminada a cargo de furtivos amparados por corruptos gobiernos locales.
 
Fossey sintió la llamada de la naturaleza y, en 1963, viajó al continente negro con más emoción que conocimientos, dispuesta a luchar por la preservación de aquella especie tan amenazada. Contactó con el célebre antropólogo Louis Leakey, quien tras algunas reticencias consintió que Dian permaneciera en la zona con la intención de censar las últimas colonias de gorilas. De ese modo, en 1967 la Fossey llegó a la majestuosa montaña de Virunga, ubicando su campamento base en Karisoke, donde permaneció varias semanas hasta poder localizar el primer grupo de gorilas. Según su propia descripción, aquel momento único y lleno de magia fue lo más impactante acontecido en su vida.

Lo cierto es que los primeros encuentros entre la científica y sus nuevos amigos fueron de lo más aparatoso: desconfianza, persecuciones, gruñidos..., pero su formación académica, su lenguaje gestual y, sobre todo una infinita paciencia consiguieron poco a poco el beneplácito de los simios, llegando incluso a poder relacionarse con ellos, en especial con Digit, un hermoso ejemplar macho de lomos plateados con el que trabó auténtica complicidad. Durante años Dian exploró aquel maravilloso vergel volcánico contabilizando 220 gorilas de montaña distribuidos en varios núcleos.

En 1974 recibió por su trabajo el doctorado en zoología por la universidad de Cambridge. Todo hacía ver que se transitaba por buen camino en el anhelo de proteger a estos parientes lejanos del ser humano. Empero, aquellos gozosos avances se vieron truncados cuando los cazadores furtivos se adentraron nuevamente en el territorio de Virunga. Digit murió en una de estas masacres, lo que desató la furia incontrolada de la zoóloga. Llena de rabia, mantuvo entrevistas con las autoridades de la zona, tendió trampas a los furtivos y los persiguió denodadamente en compañía de algunos malpagados guardas forestales. Mientras tanto, sus reportajes publicados en la revista National Geographic empezaron a concienciar a miles de personas, las cuales, en un capítulo de sensibilización sin precedentes, iniciaron campañas para promover la protección de los cada vez más escasos gorilas de montaña. Se crearon fundaciones como la Digit Fundation o el Karisoke Research Center. Aquel sueño quimérico tomaba forma real con Dian Fossey convertida en adalid de una causa más que justa.

En 1983, publicaba el libro Trece años con los gorilas de montaña, conocido popularmente como Gorilas en la niebla, donde se explicaban sus experiencias en las brumosas montañas africanas y su contacto con los primates. Esta obra literaria de imperecedero recuerdo sirvió junto a otras de similares características para desmitificar el carácter agresivo y carnívoro atribuido, desde tiempos ancestrales, a los casi fantasmagóricos pobladores de aquellas cumbres legendarias.

Por desgracia para ella, su proyección internacional provocó la inquina fatal de los traficantes que operaban en el territorio y, en no pocas ocasiones, recibió amenazas de muerte para que abandonase Virunga.

El 27 de diciembre de 1985 se cumplieron los peores vaticinios: fue hallada en su cabaña cosida a machetazos. Durante años, el misterio sobre su muerte permaneció anclado en el ostracismo, aunque por fin se supo que el autor del crimen había sido Protais Ziriganyirago, cuñado del presidente ruandés y capo de los furtivos que mataban gorilas. Este miserable no consiguió sus propósitos pues, finalmente, los gorilas de montaña que aún quedaban recibieron la protección por la que tanto había luchado su gran aliada.

Lo último que escribió Dian Fossey en su diario fue: “Cuando te das cuenta del valor de la vida, uno se preocupa menos por discutir sobre el pasado, y se concentra más en la conservación para el futuro”.

Imprimir artículo

Custer, el megalómano líder del Séptimo de Caballería


Su carácter pendenciero llevó a sus padres a inscribirle, con 16 años, en la academia militar de West Point. Con sólo 23 años, George A. Custer era general. Bajo sus órdenes y siguiendo una estrategia cuestionable, cientos de soldados fueron masacrados por los indios en Little Big Horn.
El 25 de junio de 1876 casi 4.000 indios integrantes de una confederación de tribus formada por sioux, cheyennes y arapahoes, infligieron una severa derrota al Ejército de Estados Unidos. Ese día, el legendario Séptimo de Caballería no sólo fue víctima de los nativos, sino también de George Armstrong Custer, su excéntrico y megalómano jefe.

Nacido el 5 de diciembre de 1839 en New Rumley (Ohio), George no mostró gran entusiasmo por los estudios y sí por las aventuras y pendencias infantiles, lo que motivó a sus padres a inscribirle, con 16 años, como cadete en la academia militar de West Point.

En abril de 1861 estalló la Guerra de Secesión y muchos estudiantes dejaron el prestigioso centro castrense dispuestos a combatir en aquella contienda fratricida. Custer se licenció en junio de ese año convertido en el último de una menguada promoción de 34 oficiales. Tenía 21 años. Sin embargo, la guerra le iba a otorgar la posibilidad de demostrar su arrojo y valentía en las sangrientas batallas que se produjeron entre los ejércitos federal y confederado. En poco tiempo ascendió como la espuma, gracias a su determinación en encuentros decisivos, verbigracia Gettysburg, lo que propició su nombramiento como general con sólo 23 años. El 9 de abril de 1865 el general sureño Robert E. Lee entregaba su bandera a un orgulloso Custer en la estación de Appomattox; gesto con el que se rubricó el fin de una guerra en la que murieron 700.000 norteamericanos.

Tras meses de violencia, era difícil acostumbrarse a una vida civil y, por ello, Custer aceptó seguir en el Ejército, aunque sus galones de general quedaran devaluados a los de capitán. Pero la Historia estaba dispuesta a concederle una nueva oportunidad. Los indios de las llanuras centrales andaban revueltos y el general Sheridan preparaba una campaña contra los temibles guerreros cheyennes, por lo que solicitó la presencia de veteranos oficiales. Entre ellos se encontraba un Custer ansioso por entrar en combate. Sheridan le ascendió a teniente coronel, entregándole el mando del Séptimo Regimiento de Caballería.

En su nuevo destino volvió a hacer alarde de un carácter indómito. Abandonó el puesto de mando en diversas ocasiones para visitar a su mujer, Elizabeth, de la que estaba tan enamorado que, según se cuenta, llevaba unas bragas usadas de ella como amuleto cada vez que marchaba para una misión. También fue expedientado por manipulación del patrimonio, desatención a los heridos y ejecución sin juicio previo de soldados desertores. Asuntos por los que se tuvo que presentar ante un consejo de

guerra, que le condenó a un año de empleo y sueldo. Empero, la sentencia no llegó a cumplirse en su totalidad, ya que, en septiembre de 1868, volvieron a producirse hostilidades con los indios y Custer fue requerido en su cargo al frente del Séptimo para sofocar los diferentes levantamientos aborígenes.

El punto culminante del conflicto llegó en junio de 1876, cuando una expedición punitiva dirigida por el general Terry se encaminó hacia Little Big Horn (Montana) con la intención de sojuzgar el ánimo de lo que se creía un pequeño contingente de indios rebeldes. Cabellos largos —nombre por el que era conocido Custer entre los cheyennes— pidió permiso para adelantarse con su regimiento al encuentro de los pieles rojas.

A marchas forzadas, la columna de tropas compuesta por 12 escuadrones, con 655 soldados y una caravana portadora de suministros y municiones, con otros casi 200 efectivos, se situó en las inmediaciones del poblado donde se alzaban centenares de tiendas en las que se refugiaban casi 4.000 indígenas dispuestos para la batalla.

El 25 de junio Custer ordenaba de forma irreflexiva iniciar la acción sobre el enemigo. Para su sorpresa, éste respondió organizadamente disparando más de 1.000 rifles Winchester 44, comprados a los traficantes de armas. Los bravos guerreros del jefe Caballo Loco (foto) rodearon en poco tiempo a los atónitos jinetes norteamericanos, que apenas pudieron intentar una retirada coherente.
 
Los casacas azules dirigidos por Custer sucumbieron casi al completo, siendo horriblemente mutilados por los furiosos nativos que, al fin, podían cobrarse venganza de tantas humillaciones sufridas. No obstante, el cuerpo del temido Cabellos largos fue respetado y sólo recibió sendos cortes en los oídos a fin de que pudiera escuchar a los espíritus sobrenaturales en su camino hacia el más allá.


Tenía 36 años y dejaba atrás un abrumador currículo de experiencias llenas de heroísmo, masacres y sobresaltos. El lugar donde murió fue declarado posteriormente Cementerio Nacional y en 1946 pasó a la categoría de "Monumento nacional al campo de batalla de Custer".

Imprimir artículo

16/11/13

Cervantes, el príncipe de las Letras españolas

Enigmático. El autor de “El Quijote” no pasó por la Universidad, fue militar y recaudó fondos para la Armada Invencible. En sus últimos años en Madrid, se vio envuelto en crímenes. 


Según las últimas investigaciones sobre el famoso autor de El Quijote, hoy podemos deducir que ese lugar de La Mancha del que no se quería acordar es Villanueva de los Infantes, un hermoso pueblo de la provincia de Ciudad Real. Ese sería el punto de partida para uno de los relatos más asombrosos de toda la literatura universal, sólo equiparable en traducciones y ventas a la mismísima Biblia. Con todo, Cervantes y su vida siguen constituyendo un gran enigma. 

No menos de 10 ciudades y pueblos se atribuyen el nacimiento de nuestro escritor más universal. Ante las diferentes hipótesis natalicias, lo único tangible que se puede ofrecer es un documento eclesiástico archivado en la iglesia de Santa María, en el que aparece su nombre y su bautismo, el 9 de octubre de 1547 en la muy noble ciudad de Alcalá de Henares (Madrid).

Nació el 29 de septiembre de ese año y era hijo del cirujano barbero don Rodrigo de Cervantes y de doña Leonor de Cortinas, siendo el cuarto vástago de un total de siete habidos en ese matrimonio humilde. Su infancia está jalonada por un continuo trasiego de ciudad en ciudad:

Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde finalmente se instala la familia Cervantes. El pequeño Miguel no recibió, a decir verdad, una instrucción académica muy constante, sí parece que estudió en un colegio jesuita vallisoletano y en otro erasmista madrileño, pero no está confirmada su presencia en la universidad de Salamanca, como algunos deducen. Lo que sí es cierto es que con 22 años tuvo que salir con precipitación de España por determinadas pendencias y varapalos en los que anduvo involucrado. Por entonces, la salida natural para cualquier joven con problemas era Italia, y allí viajó para servir primero como ayudante del cardenal Acquaviva y, posteriormente, en calidad de soldado de los Tercios españoles.

En octubre de 1571, participó a bordo de la galera Marquesa en la batalla de Lepanto, según sus propias palabras: “La mayor ocasión que vieron los siglos”. En aquel trascendental combate recibió dos heridas de arcabuz que le imposibilitaron la mano izquierda. Una vez de regreso a España en 1575, su barco fue abordado por piratas berberiscos en la desembocadura del río Ródano, con la mala fortuna de ser capturado y llevado preso a la ciudad de Argel en espera del consabido rescate económico. Fueron cinco años de cautiverio en los que Cervantes comenzó a idear su obra literaria. Al fin fue liberado el 19 de septiembre de 1580, gracias a la eficaz

intercesión de los frailes trinitarios. Una vez en casa, comprobó con tristeza como las penurias dominaban su situación familiar; ya no había lugar para su abandonada carrera militar, y ahora debía asumir oficios de bajo escalafón, mientras soñaba con ser un autor literario consagrado. Con 37 años se casó con Catalina de Salazar y Palacios, una bella joven de 19 años quien le dio el “sí” en el pueblo toledano de Esquivias.

En 1585 aparece su primer libro, al que tituló La Galatea. En ese periodo, trabajó en la recaudación de impuestos reales destinados a la magna empresa de Inglaterra, conocida popularmente como la Armada Invencible. Víctima de un malentendido o quizá no, sufrió presidio en Sevilla por entenderse que se había apropiado indebidamente de algunos fondos; fue 13 veces excomulgado por la Iglesia por su obcecación en reclamarla el pago de las tasas establecidas. Precisamente, en la penitenciaría sevillana dicen sus exégetas que empezó a gestar el personaje de don Alonso Quijano.

Solicitó, dada su condición de veterano de guerra, un oficio de Indias con la pretensión de empezar nueva vida en el continente de las oportunidades pródigas, pero esto también le fue negado, obligándole a deambular por el sur peninsular casi como un forzoso vagabundo. Paradójicamente, esta condición le puso en contacto directo con el pueblo llano, sus paisajes y paisanaje, lo que a la postre sería fundamental para dotar a sus obras de consistencia humana.

A finales del siglo XVI, Cervantes ya había escrito un buen número de poesías, relatos y comedias teatrales. En ese tiempo, Lope de Vega hacía furor con su forma peculiar de entender el teatro y, si bien en origen fueron amigos, posteriormente se creó entre ellos una agria enemistad plasmada en determinados textos donde no se reparó en gasto a la hora de vilipendiar al contrario.

En 1605 se edita la primera parte de “El Quijote”, pero su modesto éxito no saca de pobre a su artífice, aunque le permite publicar en 1613 una recopilación escrita anteriormente bajo el título Novelas ejemplares. Un año más tarde surgirán Viaje del Parnaso, y Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados. Y en 1615 la segunda y definitiva parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Sus últimos años los pasó en Madrid donde, lejos de vivir en paz, se vio envuelto en diversas disputas y crímenes, así como en algún traslado domiciliario hasta su última casa en la calle Francos. Enfermo de hidropesía y parálisis, falleció el 22 de abril de 1616,

siendo enterrado de caridad al día siguiente con el sayal franciscano en el convento de las Trinitarias Descalzas de la actual calle Lope de Vega en Madrid. Por desgracia, sus restos mortales se extraviaron desconociéndose hoy en día su paradero. Un año después de su óbito, se editó su obra póstuma Los trabajos de Persiles y Segismunda. Miguel de Cervantes sufrió a lo largo de su existencia toda suerte de calamidades, las mismas que le ayudaron a ser considerado in eternum “gloria universal de las letras españolas”.
Imprimir artículo

Catón, el viejo padre de las Letras latinas


Pionero. Fue el primero en escribir en latín cuando todos lo hacían en griego. Llegó a pretor, fue cónsul en Hispania y autor de numerosos textos que, por desgracia, no han llegado hasta nosotros. 

Fue uno de los políticos más influyentes de la República romana. Su dedo acusador puso en solfa la molicie a la que se habían abandonado las clases patricias tras la incorporación de provincias que surtían a la ciudad eterna de riquezas y esclavos. De carácter firme e insobornable, pasó a la Historia como el perfecto ciudadano romano. 

Marco Porcio Catón nació en 234 a.C., en Tusculum, una modesta localidad del Lacio, la Roma actual, donde vivió sus primeros años junto a su familia, de origen muy humilde. El apellido Porcio venía a resaltar que su clan había cuidado cerdos en épocas pretéritas. En cuanto a lo de Catón, parece ser que en su linaje abundaban gentes muy astutas, virtud asumida por el joven, que en un principio se dedicó a la agricultura. No era muy agraciado, la verdad, ya que su aspecto mostraba a un hombre de pelo rojizo, cara asimétrica cubierta por cicatrices y boca desdentada con manos ásperas como el pedernal. 

No obstante, su inteligencia brillaba con energía propia y la suerte quiso que un viejo senador asqueado de la vida social y política que se vivía en Roma, fuera a establecerse en una villa contigua a las tierras que cultivaba nuestro personaje. Los dos vecinos entablaron amistad y pronto el veterano patricio se percató de que su nuevo amigo era algo más que un campesino analfabeto. En efecto, Catón tenía amplias inquietudes intelectuales y leía los clásicos a escondidas de sus parientes. El senador jubilado le animó a ser letrado en Roma y el muchacho no desechó el sabio consejo viajando a la capital con la esperanza de doctorarse en leyes. Lejos del fracaso, ganó una docena de pleitos y su popularidad creció como la espuma. Al poco tiempo tenía un equipo propio de abogados, lo que le permitió alcanzar méritos suficientes para presentarse a los comicios, obteniendo el cargo de edil con 30 años. Poco después, fue elegido pretor, cargo que ejerció en Sicilia y alcanzó la gloria con su elección consular en Hispania, lugar que le catapultó a una prestigiosa fama gracias a sus victorias sobre las tribus autóctonas.

Catón fue el primero que escribió en latín para oponerse a los que lo hacían en griego. En aquel tiempo las corrientes culturales helenas invadían Roma. Muchas familias patricias, incluida la de los Escipiones, se dejaron llevar por el influjo estético e intelectual llegado de Oriente. Lo propuesto por estos círculos hablaba de un refinamiento de la sociedad, una admiración por la belleza y una apuesta clara por la filosofía vital de los grandes intelectuales nacidos en aquella tierra, esencial para las formas democráticas y civilizadas. Ante un griego, un romano parecía un bárbaro y Catón se rebelaba ante ello, por eso sus textos se publicaron en latín, lo que le otorgó el privilegio de ser considerado “padre de las letras latinas”. Poco se ha conservado de su legado escrito, sólo un tratado de agricultura y algunos párrafos de sus obras, aunque se sabe que generó una extensa obra literaria que abarcaba discursos, ensayos y, sobre todo, una enciclopedia histórica sobre los orígenes de Roma. 
Sus ideas le convirtieron en un defensor de las costumbres netamente romanas, así como un encendido detractor de las tendencias extranjeras que pudieran contaminar su amada ciudad. En ese sentido, fue probablemente uno de los primeros en percatarse sobre el pésimo futuro que le aguardaba a la República en caso de dormitar en los laureles provocados por el incesante flujo de riquezas provenientes de las provincias conquistadas. 

Catón mantuvo una forma de vida austera, nunca acumuló más patrimonio del necesario para vivir modestamente. Eso favoreció sus continuas victorias en las urnas. Es cierto que no gozaba de mucha simpatía entre la clase política y la plebe, pero todos le reconocían como un romano íntegro, incorruptible, alguien al que no se podía sobornar con dinero o argumentos banales. Su oratoria era seca y contundente, llena de ironía y sarcasmo. Advirtió, con encendidos reproches, que Roma y el universo creado por ella debían prevalecer antes que injustificados cultos a valores superficiales e inocuos. Por ejemplo, criticó con severidad, en 184 a.C., que no se pidieran cuentas a los Escipiones sobre su actuación ilegítima en tierras de Oriente. Este asunto acabó con la carrera política de Escipión el Africano, un héroe admirado y respetado por la ciudadanía romana desde su victoria sobre Aníbal. Aunque ello no fue óbice para que afirmara, de forma airada, que antes era Roma que sus héroes. 

Sin duda debió de ser alguien odioso, si bien nadie se atrevió a responderle públicamente porque en el fondo todos intuían que algo de razón llevaba. No en vano, uno de sus apelativos más populares fue el de “censor”, nombramiento que obtuvo en 184 a.C., y desde el que ejerció una presión total sobre el clima de inmoralidad que se vivía en la ciudad eterna.

El triunfo sobre Cartago en la segunda Guerra Púnica no fue suficiente para él por ver en la potencia africana a un irreconciliable enemigo. Durante años animó al Senado para que emprendiera una guerra definitiva sobre el enemigo cartaginés. El propio Catón visitó esta urbe comprobando horrorizado su resurgimiento. Finalmente, estalló la tercera y definitiva Guerra Púnica justo antes de la muerte de uno de sus mayores instigadores. Catón murió a los 85 años de edad complacido sabiendo que las legiones marchaban sobre la metrópoli norteafricana para destruirla hasta los
cimientos. Esa fue, seguramente, su última sonrisa en este mundo. 
Imprimir artículo

6/8/13

Caterina Sforza, una indómita mujer que se enfrentó a los Borgia.

Nació en 1462 y era hija natural de Galeazzo Maria Sforza, hermano del poderoso Ludovico “el Moro”, señor de Milán. Pese a su condición de bastarda, logró que su primogénito heredara los títulos de su padre. Defendió enérgicamente sus posesiones frente a las tropas pontificias.

A finales del siglo XV, la Italia renacentista se encontraba dominada por un puñado de repúblicas, reinos y ciudades estado que pugnaban por expandir su poder en aquellas latitudes sembradas de guerra, hambre y vendettas. El valenciano Rodrigo Borgia ocupaba el trono de San Pedro en el Vaticano, bajo el nombre de Alejandro VI, y su hijo César avanzaba imparable en la conquista de la Romaña. En esta región, sin embargo, las tropas pontificias encontraron un serio obstáculo: una mujer indomable dispuesta a luchar hasta el fin por defender sus posesiones.

La conocida popularmente como "diablesa encarnada" o "virago cruelísima" [virago es utilizado por los italianos para definir a una mujer que lucha como un hombre] nació en 1462, siendo hija natural del noble lombardo Galeazzo Maria Sforza, hermano del influyente Ludovico, el Moro, quien regía la ciudad de Milán.

No obstante, a pesar de su condición bastarda, la pequeña Caterina fue educada como una más en el seno de la familia Sforza y, aún siendo niña, la casaron con Jerónimo Riario, sobrino del papa Sixto IV, quien concedió a su pariente el gobierno en la ciudad de Imola. La relación entre la pareja fue complicada y siempre a expensas de las continuas infidelidades de Jerónimo, lo que no impidió que éste engendrara con su mujer cuatro hijos.

En 1484, tras la muerte de Sixto IV, Caterina —embarazada de siete meses— ya dio muestras de su espíritu aguerrido cuando, para defender su patrimonio territorial, encabezó un pequeño contingente militar en la toma del castillo vaticano de Sant’Angelo. Con esta acción aseguró su dominio sobre Imola, y el nuevo pontífice, Inocencio VIII, le concedió la plaza de Forlí.

En 1488 su esposo murió asesinado a cuchilladas por algunos desafectos y se dijo que ella misma estaba implicada en el complot. Si bien, desde el primer momento, la Sforza se enfrentó a los conjurados demostrando una gallardía propia de los más valientes guerreros. Fuera esto una simple farsa o no, lo cierto es que la bella noble consiguió, gracias a su famosa sangre fría, que se reconociese a su varón primogénito Octavio como nuevo señor de las heredades y los títulos dejados por su padre.

En los años siguientes, la hermosa viuda disfrutó de fogosos amantes, hasta que al fin llegó la gran pasión de su vida: Juan de Medici, un guapo florentino con quien se casó en secreto sin tener en cuenta los inconvenientes dinásticos. De esta unión nacería Juan, futuro héroe nacional italiano que pasó a la Historia con el sobrenombre de Juan, el de las Bandas Negras. Empero, la Sforza padeció un nuevo quebranto con la encarnado en la familia Borgia, cuyo máximo representante, el papa Alejandro VI, había declarado la ilegitimidad de los señores que gobernaban la Romaña.
Consciente de que la guerra sería el único camino a seguir, Caterina se preparó para defender sus dominios frente a las tropas pontificias, dirigidas por el hijo del papa César Borgia (foto), y decidió utilizar —dados sus conocimientos alquímicos— la treta del envenenamiento contra el Santo Padre. Pero este atentado se desbarató en el último instante, por lo que la Sforza se convirtió en público y malvado enemigo del Vaticano. El 17 de diciembre de 1499 los ejércitos pontificios sitiaban Forlí, tras haber tomado Imola sin oposición.

Sin embargo, aquí sí que planteó una feroz resistencia parapetada con 1.000 soldados tras los muros de la inexpugnable ciudadela interior. Los combates fueron terribles y culminaron con la masacre de la guarnición de Forlí, mientras que su generala era prendida por los hombres del Borgia, quien había ofrecido 20.000 ducados por la captura de su brava adversaria. No fue agresivo con su guapa prisionera que, por entonces, disfrutaba de un exuberante cuerpo, perfectamente conservado y pleno gracias a la utilización de hierbas medicinales de las que Caterina era entusiasta y gran consumidora.
Según parece, la misma noche de la batalla, vencedor y vencida, yacieron juntos víctimas de la pasión o del morbo producido por la fascinación de aquéllos que se reconocen iguales en la ambición. Más tarde, la cautiva fue recluida en el castillo de Sant’Angelo, lugar del que fue liberada pasados unos meses, a instancias del propio César Borgia.

La Sforza entonces se retiró a Florencia, junto a su pequeño hijo Juan, sin que ocasionara más alteraciones en aquella época que la contempló como fémina indómita. Falleció en la luminosa ciudad toscana en 1509. Hoy en día los investigadores históricos la consideran una de las grandes mujeres de la Italia renacentista.

Imprimir artículo

28/6/13

Catalina la Grande, la zarina que modernizó la Rusia imperial.

Miembro de la aristocracia alemana, se casó en 1745 con el que más tarde sería Pedro III. En 1762 apoyó un golpe de Estado y asumió el trono. Soberana ilustrada, mantenía correspondencia con Voltaire y recibió a Diderot en la corte. Reformó la administración, pero extendió la servidumbre.

Bajo su mandato, Rusia alcanzó la dimensión de potencia hegemónica en el este de Europa. De formación ilustrada, se carteó con los enciclopedistas franceses y recibió asesoramiento filosófico del propio Denis Diderot. Mujer leal con su país adoptivo y pasional en el amor, coleccionó un buen número de amantes que le proporcionaron la obtención del poder absoluto y el heredero de su trono.
Sofía Federica Augusta de Anhalt-Zerbst vino al mundo en Stettin (Pomerania, actual Polonia) el 2 de mayo de 1729. Pertenecía a una rancia familia aristocrática alemana que esperaba la llegada de un varón, por lo que padeció la indiferencia de su madre durante algún tiempo. Este asunto no la privó, en cambio, de recibir la mejor instrucción académica que se podía otorgar a una fémina en aquella época.
La joven Sofía leyó con avidez los escritos provenientes de la Ilustración francesa, con predilección hacia los textos de Montesquieu, autor que le influyó notablemente a lo largo de su vida. Por mor del destino fue la elegida para desposarse con el gran duque Pedro, nieto del zar Pedro el Grande y heredero al trono ruso.


Nada más llegar a San Petersburgo, la bella joven decidió adoptar la religión ortodoxa, cambiando su nombre por el de Ekaterina (Catalina) Alexeivna. La boda se celebró en Kazán el 21 de agosto de 1745 y fue oficiada por el obispo de Novgorod en mitad de una inmensa fastuosidad. Según se dice, este acto ha pasado a la Historia con el más lujoso de todos los siglos, pues en él se dieron cita el máximo esplendor de las cortes europeas sumado al exceso económico del aparato imperial ruso.

En estos primeros años de matrimonio, Catalina hizo alarde de su ilustrada cultura aprendiendo con rapidez el idioma ruso mientras imponía la lengua francesa entre las elites que frecuentaban las estancias palatinas de San Petersburgo.

No obstante, el distanciamiento entre los cónyuges se hizo visible desde el principio. El futuro Pedro III, aquejado de fimosis, se distraía jugando con soldaditos de plomo y persiguiendo doncellas por su palacio. Por su parte, la fogosa Catalina tuvo que soportar ocho años de virginidad matrimonial con la consiguiente desesperación para la zarina Isabel. La hija de Pedro el Grande no estaba dispuesta, ya que no tenía hijos, a quedarse sin un heredero de su corona y eligió al apuesto noble Sergey Saltykov como amante oficial de Catalina. Esta unión solucionó el problema sucesorio cuando nació Pablo, futuro zar de Rusia, aunque sin una gota de sangre Romanov.

En 1762 Pedro III —ya proclamado zar— sufrió un golpe de Estado apoyado por su propia mujer. Ésta, con ayuda de cuatro regimientos de la guardia imperial y de los hermanos Orlov, consiguió derrocar a su marido y asumió ella misma el trono de Rusia. Desde entonces, se manifestó como una férrea gobernante fortaleciendo las estructuras internas de su Estado, a la par que concedía un poder ilimitado a la aristocracia, asunto que marcaría sensiblemente el devenir de los acontecimientos en la Rusia zarista con el establecimiento de la servidumbre cuasi esclavista. Esta mano de obra barata hizo crecer la economía, manejada por un pequeño grupo de terratenientes. Esta situación fue, a la postre, el principio del fin para la forma de gobierno imperial.

Asimismo, Catalina impulsó una política exterior sumamente agresiva con diversas guerras que afianzaron el poder ruso en Europa oriental. Participó en 1772 en el primer reparto de Polonia, conquistó Lituania y fundó ciudades como Sebastopol o Jerson.

En el capítulo cultural dio máxima prioridad a la penetración de las corrientes ilustradas que llegaban desde Francia, se carteó con Voltaire y propició la llegada a su corte del filósofo Denis Diderot, al que le unía una gran amistad.

Otorgó importancia relevante a la fundación de escuelas y universidades, incluidos los primeros centros en los que se impartía educación académica a las mujeres. Pero una de las facetas más comentadas de la vida de la zarina fue la sentimental. Se le atribuye una legión de amantes, si bien sólo alcanzaron la categoría de favoritos oficiales unos 10, entre los que destacaron Gregory Orlov y Gregory Potemkin, personajes fundamentales que supieron asesorar a la zarina en los momentos más delicados.

El 17 de noviembre de 1796 Catalina la Grande se disponía a tomar un baño cuando sufrió un ataque fulminante de apoplejía que acabó con su vida. Fue enterrada en San Petersburgo con gran solemnidad entre los nobles a los que tanto favoreció. No en vano, su brillante y decisiva actuación abrió el camino de Rusia como gran potencia hacia la modernidad.
Imprimir artículo

21/6/13

Catalina de Erauso, la monja alférez

Esta es la historia de una de las mujeres más controvertidas que llegaron al Nuevo Mundo en un tiempo de conquistadores y pendencieros a los que no les importaba dejar sus vidas en el fútil empeño de aumentar riquezas y hacienda. Disfrazada de hombre, transgredió las rígidas normas establecidas y consiguió para sí una merecida leyenda que la convirtió en una de las primeras aventureras europeas que llegaron a los vírgenes territorios americanos.

Nació en 1592 en San Sebastián (Guipúzcoa) y era hija del capitán don Miguel de Erauso y de doña María Pérez de Galarraga y Arce, un matrimonio acomodado que no hubiese pasado a la crónica de lo insólito de no ser por su díscola descendiente.

La pequeña no tuvo muchas oportunidades en cuanto a su educación, dado que fue internada cuando sólo tenía cuatro años en un convento cuya priora era su tía carnal. De ese modo, nuestra protagonista fue creciendo entre oraciones y hábitos hasta que a la edad de 15 años su corazón libre le empujó a escaparse de aquel recinto sagrado tras haberse peleado con una novicia. Por entonces, el aspecto físico de la forzosa monja no daba a entender que tras sus ropajes se pudiera encontrar mujer alguna. Era poco agraciada, de gran altura para aquella época y sin formas femeninas, e incluso ella misma presumía de haber utilizado una receta secreta con la que conseguía secar sus pechos.

Durante meses deambuló por el país vestida como un labriego, desempeñando oficios exclusivos del género masculino, hasta que llegó a la localidad de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), donde se pertrechaban buques con destino a las Indias. Catalina consiguió un empleo de grumete en uno de esos barcos, para lo que utilizó uno de tantos nombres falsos de los que aparecen en su biografía: Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán, Pedro de Orive, Francisco de Loyola o Antonio de Erauso.

Una vez que su nave arribó a las costas de América, obtuvo trabajo como mancebo de un comerciante y, más tarde, se la pudo ver ayudando a un funcionario. En todo caso, las aburridas tareas no suplían la necesidad de emociones fuertes que anhelaba la vasca y, al poco, se enroló como soldado en las unidades reales que combatían a los indios araucanos por el norte de Chile.

Su valor temerario en la lucha y la destreza que demostraba con las armas la destacaron en decenas de refriegas y, por méritos propios, fue ascendida al grado de alférez.

Pero Catalina tenía algunos defectos que la comprometieron en diversas ocasiones. Su adicción al juego y su inclinación a la violencia le hicieron formar parte de broncas, algarabías y duelos a muerte de los que siempre salió indemne, quitando en cambio la vida a varios oponentes. Lo más trágico para ella aconteció cuando, en 1615, un amigo le pidió que fuera su padrino en un lance que se iba a celebrar para salvar su honor. Como quiera que los dos oponentes quedaron heridos tras el primer intercambio de mandobles, los padrinos, cumpliendo con el protocolo, se vieron obligados a continuar con el desafío. Catalina desenvainó y, con fiereza, arremetió contra su rival, hiriéndole de muerte. Éste, viéndose moribundo, dijo su nombre en voz alta, descubriéndose que era su hermano Miguel de Erauso.

Sin ningún tipo de remordimiento por ese hecho, Catalina volvió a huir, dando tumbos por buena parte de la geografía americana.

En 1624, cuando participaba en una de sus habituales pendencias por el amor de una mujer o por deudas contraídas en el juego de naipes, recibió una terrible herida que le hizo pensar en su inminente óbito. Fue entonces cuando quiso confesarse ante un obispo y desvelarle su verdadera condición femenina, explicándole que, en origen, había sido monja. Nunca sabremos si reveló su más íntimo secreto para ponerse a bien con Dios o para escapar de la más que segura pena capital por sus crímenes. Lo cierto es que el clérigo se compadeció y la amparó bajo su protección, aunque la hicieron pasar, eso sí, por un riguroso examen médico a cargo de unas matronas de confianza. Éstas no sólo confirmaron que era mujer, sino que también era virgen, y la noticia se extendió como la pólvora.
Pronto, la historia de la antigua novicia reconvertida a militar bravucón recorrió las latitudes americanas y europeas.

Así, precedida por su fama, Catalina llegó a España el 1 de noviembre de 1624. El propio rey Felipe IV la recibió en audiencia personal y la ratificó en el grado de alférez, concediéndole una pensión anual de 800 escudos por los servicios que había prestado a la corona española. Posteriormente, viajó a Roma para entrevistarse con el papa Urbano VIII, quien la autorizó a seguir usando sus atuendos masculinos.

Durante algunos años vivió en Madrid, pero la necesidad de nuevos avatares le impulsó a regresar a América, donde había experimentado sus más intensas pasiones. Y es aquí donde la bruma de lo épico confunde la realidad. Unos dicen que murió ahogada desembarcando en el mexicano puerto de Veracruz en 1635, mientras que otros creen que se transformó en arriera y que de esa guisa vivió hasta su fallecimiento en Cuitlaxtla, localidad cercana a Puebla (México), en 1650. Sea como fuere, sabemos que existió gracias a un manuscrito supuestamente dictado por ella y que se encuentra en el archivo de Indias con el título “El memorial de los méritos y servicios del alférez Erauso”. Además, contamos con un cuadro pintado por Pacheco en 1630 en el que podemos ver a la monja alférez en todo su esplendor masculino.
Imprimir artículo

Catalina de Medici, una fría y despiadada reina de Francia Hija de Lorenzo II de Medici, nació en Florencia.

Hija de Lorenzo II de Medici, nació en Florencia. Su tío, el papa Clemente VII, concertó su matrimonio con el futuro rey de Francia, Enrique II. Tras la muerte de éste y la de su primogénito, se convirtió en regente del pequeño Carlos IX, gobernando el país galo con mano de hierro.

Durante más de 30 años marcó la política francesa del siglo XVI. Esposa de Enrique II, fue madre de cinco reyes y reinas, mientras superaba grandes crisis de gobierno provocadas por los desencuentros religiosos. Con ella y su descendencia directa se agotó la línea sucesoria de los Valois, dando paso a la hegemonía borbónica en el país galo.

Catalina María Rómula de Medici vino al mundo en Florencia el 13 de abril de 1519. A edad temprana sufrió orfandad por las muertes, casi consecutivas, de sus padres, el italiano Lorenzo II de Medici y la francesa Madeleine de la Tour d’Auvergne, por lo que quedó bajo el amparo del papa León X. Éste la entregó al cuidado de diferentes parientes, quienes instruyeron a la pequeña como una refinada dama, apta para ser moneda de cambio en cualquier acuerdo matrimonial.

En 1527 los Medici fueron expulsados de la capital toscana, motivo por el que Catalina fue recluida en conventos, donde las monjas terminaron de esculpirle una personalidad dispuesta para asumir la razón de Estado en cualquiera de sus capítulos por azarosos que fuesen.

En 1530, su tío, el recién proclamado papa Clemente VII, concertó para ella un calculado matrimonio con Enrique, duque de Orleáns y segundo filogenético del rey francés Francisco I. La única condición que puso el Sumo Pontífice fue que la joven heredera renunciase a sus pretensiones dinásticas sobre Florencia, a cambio recibiría 100.000 escudos como dote y un futuro poco halagüeño en la corte francesa.

El 28 de octubre de 1533 se celebró la boda con una Catalina de rostro triste, pues para entonces la italiana ya había constatado cómo su flamante esposo exhibía sin pudor una fogosa relación sentimental con la bella cortesana Diana de Poitiers. Esta sonora infidelidad conyugal no impidió que Catalina quedase en cinta en 11 ocasiones. De todos sus hijos nacidos, siete llegaron a la edad adulta y cinco de ellos lograron reinar.

Tras los óbitos, primero del delfín Francisco y, más tarde, del propio monarca galo, Enrique II fue ungido rey de Francia en 1547. Hasta entonces Catalina había sido un modelo de virtud y prudencia, ocupada en cuestiones culturales y poco más. Sin

embargo, su coronación regia la confirmó de inmediato como una figura preparada para el gobierno. Pero la desgracia acudió una vez más a su cita con la imperturbable Medici. Tal y como habían vaticinado algunos videntes de la soberana, incluido su médico y astrólogo personal Nostradamus (foto), el rey moría en 1559, víctima de las heridas producidas en un torneo de entretenimiento.

Este suceso desató los acontecimientos en Francia, y el primogénito de Enrique, Francisco II, se colocaba la corona un breve tiempo para cederla a su muerte – acontecida 18 meses después– a su hermano Carlos IX, un niño de apenas 10 años que, como es lógico, fue convenientemente dirigido por su ambiciosa madre.

En estos años, Francia mantenía una posición delicada en el concierto europeo, aunque el matrimonio entre Isabel de Valois –la hija mayor de Catalina– y Felipe II de España había sosegado bastante las relaciones entre las dos potencias.

Asimismo, en el terreno interno la reina trataba de entenderse por igual con católicos y protestantes, siempre dispuestos al enfrentamiento bélico. Pero no pudo impedir que una devastadora guerra religiosa estallase en Francia, cuyo punto más álgido aconteció el 24 de agosto de 1572, en la renombrada Noche de San Bartolomé. Miles de hugonotes (calvinistas) fueron asesinados por los católicos con una clara permisividad real, justo cuando se realizaban los esponsales que unían a Enrique III de Navarra y a Margarita, otra de las hijas de Catalina.

Precisamente, este borbón navarro de confesión protestante sería uno de los pocos supervivientes hugonotes de aquella pésima jornada y por mor del destino acabaría coronado, tras su conversión al catolicismo, como Enrique IV de Francia.

Durante este convulso periodo, Catalina mantuvo con mano de hierro su gobierno sin descuidar su vocación de mecenas: instituyó el considerado primer ballet de la Historia y mandaba construir castillos y palacios, como el parisino de Las Tullerías.

Finalmente, contempló como otro de sus hijos varones ocupaba el trono francés bajo el nombre de Enrique III. Este último representante de la casa Valois era estéril, por lo que la línea de sucesión quedó finiquitada en beneficio de los borbones.

Catalina, reina moderna, además de hábil y maquiavélica estratega política, falleció el 5 de enero de 1589 en el castillo de Blois (Francia).
Imprimir artículo

15/6/13

Casanova, el gran maestro veneciano del arte de la seducción

Nacido en 1725, su madre se empeñó en que siguiera la carrera eclesiástica. Pero sus amoríos y su presunta participación en un secuestro acabaron con las aspiraciones maternas. El amante por excelencia fue mucho más que eso: filósofo, espía, matemático, médico, vividor...

Truhán, pendenciero, conquistador de damas y buscavidas en general. Este galán del siglo XVIII no reparó en embustes y tretas que le procuraran una vida desahogada, mientras viajaba por la Europa ilustrada visitando cortes y alcobas.

Nació el 2 de abril de 1725 en Venecia. Era hijo de la reconocida actriz Zanetta Farussi y de Gaetano Casanova, quien asumió la paternidad de Giacomo, así como de sus tres hermanos menores, aunque nunca quedó claro, a decir de la madre, que él fuera el auténtico padre de la prole.

El futuro seductor tuvo una infancia difícil, pues pronto quedó huérfano de padre, mientras que su madre se embarcaba en constantes giras teatrales, dejando el cuidado de sus hijos en manos de la abuela materna. Casanova fue un niño precoz dotado para la cultura. De frágil constitución, aprendió muy pronto a escribir y leer en italiano, francés y latín.

Giacomo Girolamo Casanova
Según su propio testimonio, perdió la virginidad con sólo 11 años, cuando se encontraba en Padua recibiendo las clases del doctor Grozzi. Al ser un adolescente de mente clara y despierta, su madre intentó que siguiera la carrera eclesiástica. En 1740 fue tonsurado, para un año más tarde recibir las órdenes menores y el doctorado en leyes. Pero era evidente que el joven no había sido llamado para el camino religioso. Aunque entró al servicio del cardenal Acquaviva, sus constantes escarceos amorosos y una presunta implicación en el secuestro de una dama acabaron con su incipiente proyección eclesiástica, con lo que dio inicio a su trasiego viajero por Europa.

Se dice que sostuvo no menos de 122 romances con prostitutas, doncellas y damas de alta alcurnia. En sus periplos viajeros cubrió más de 65.000 kilómetros, visitando las principales capitales de Europa en las que desempeñó, dada la gran cultura que poseía, diversos oficios: violinista, médico, matemático, poeta, novelista, filósofo, historiador...

Asimismo, desarrolló una capacidad innata para las prácticas esotéricas. Fue un consumado cabalista, lo que le abrió las puertas de algunos de los salones más privados de Venecia y puso en alerta a la Santa Inquisición, motivo por el cual Casanova se vio forzado a emprender la fuga.

Lo cierto es que frecuentó la cárcel con inquietante asiduidad, ya que en su biografía no faltan escándalos sexuales, quiebras económicas, fraudes y engaños de todo calado y condición. En Francia se codeó con Luis XV, Madame Pompadour y el propio Voltaire, de quien Casanova expresó su admiración diciendo que el día en que conoció a este enciclopedista fue, sin duda, el más feliz de su vida. Todo lo contrario le sucedió con Rousseau, filósofo del que el italiano se llevó una terrible impresión.

Durante su estancia en el país galo, nuestro seductor fue uno de los artífices de la lotería nacional. En esas fechas comenzó a utilizar el falso título aristocrático de caballero de Seingalt, en un intento de soterrar su difícil pasado. Tampoco tuvo reparo en emplearse como espía de los franceses o de los venecianos, según soplaran los vientos.

Visitó España, donde propuso a Carlos III la creación de una colonia germanosuiza en Sierra Morena, aunque en Barcelona su espíritu de conquistador le condujo a cortejar a la esposa del capitán general de la plaza, motivo por el que fue a prisión 42 días.

Pícaro consumado, narcisista y sibarita, extrajo de las mujeres cuantos recursos materiales pudo aprovechar para su interés. Siendo ya maduro, optó por encaminar sus pasos hacia la literatura y la traducción de obras clásicas, como la "Ilíada", de la que realizó un hermoso trabajo.

Más tarde escribió algunas novelas difamatorias sobre personajes de la época que le acarrearon un forzoso exilio de Venecia. A partir de ese momento, decidió redactar todos sus textos en francés. En 1787 conoció a Mozart con quien, al parecer, colaboró en la ópera Don Giovanni. Paradójicamente, esta obra presentaba a un seductor donjuán con un comportamiento similar al del veneciano.

Cansado de tanto exilio, recaló, con 59 años, en Viena para recibir la protección del conde Waldstein, un masón como él muy aficionado al ocultismo. El noble le ofreció trabajo como bibliotecario en uno de sus palacios y, allí, decidió emplear sus últimos años en la confección monumental de su autobiografía. La obra, Memorias, quedó inacabada a pesar de las más de 3.700 páginas escritas en las que Casanova reflejó sus primeros 46 años de existencia.

Falleció el 4 de junio de 1798 dejando atrás un sinfín de peripecias transgresoras y emocionantes de las que el célebre vitalista jamás se arrepintió.
Imprimir artículo

8/6/13

Blanca de Navarra, una reina sin amor

Problema dinástico. Asumió la Corona de Navarra pero a su muerte dejó un problema sucesorio. Unas facciones se decantaron por su hijo el príncipe Carlos; otras por su esposo el rey Juan II.

Fue hija de uno de los más grandes reyes navarros y madre del primer príncipe de Viana, título que hoy ostenta su Alteza Real don Felipe de Borbón. No obstante, su vida sentimental fue un auténtico desastre debido en buena medida a la tumultuosa política que puso fin a la Edad Media.

Nacida hacia 1386, sus padres el rey Carlos III de Navarra y doña Leonor de Trastámara, hija del rey castellano Enrique II, representaban lo más florido de la nobleza peninsular ibérica. Este matrimonio tuvo cinco vástagos, dos de ellos varones: Carlos, fallecido a los cinco años de edad y Luis, muerto a los pocos meses de vida. Asimismo nacieron tres féminas con dispar suerte: Beatriz, quien se casó con Jaime de Borbón, el conde de la Marca; Juana, unida en nupcias al conde de Foix y, finalmente, Blanca, para la que se concertó el desposorio con Martín, el Joven, rey de Sicilia e hijo de Martín I el Humano, rey de Aragón.

Sus progenitores le entregaron una educación refinada con magníficos profesores, los cuales inculcaron a la joven los trazos esenciales sobre cómo debía ser un comportamiento digno y honorable. La pequeña Blanca soñaba con el amor cortés y con un anhelado príncipe azul que por desgracia para ella nunca llegaría.

Carlos III –conocido como el Noble– fue un magnífico monarca para Navarra. Bajo su mandato creció la bonanza económica en todo el reino, se construyeron canales para el transporte de agua y se levantaron majestuosos castillos palaciegos como los de Olite y Tafalla.

Nuestra protagonista vivió feliz en este tiempo de juventud y por eso no es de extrañar que se rebelara ante los acuerdos matrimoniales que se establecieron para unir los linajes de Navarra y Aragón. Martín el Joven fue el pretendiente elegido para Blanca, pero ésta mostró su más enérgico enfado pues ni siquiera conocía a su futuro marido. Su padre, ante todo consciente de buscar el mejor destino para su casa nobiliaria, no dudó un instante en castigar la conducta desleal de su hija y, para que se lo pensara mejor, la envió al castillo de Peñaflor, situado en el centro de las Bardenas reales de Navarra. En ese desprotegido lugar permaneció aislada, recluida en la torre de la fortaleza y recibiendo como único alimento pan y agua. Según cuenta una leyenda popular, un humilde pastor se apiadó de la infortunada consolándola con queso, leche y saludable conversación. Años más tarde, siendo Blanca ya reina, se acordó de aquel ocasional aliado y le entregó como agradecimiento la propiedad de las tierras protagonistas de su cautiverio.

En 1402 se celebró la forzosa boda, mas no hubo tiempo para el amor, dado que el rey Martín andaba involucrado en diferentes guerras y la pasión conyugal no generó ningún descendiente que alegrara la existencia de la ahora reina siciliana. En 1409, Martín el Joven falleció víctima de unas fiebres malignas y su viuda se vio sola en su tierra de acogida. Allí permaneció unos años, los mismos que tardó su padre en prepararle un segundo matrimonio. Una vez más y, sin poder alguno de decisión sobre qué hacer con su vida, tuvo que aceptar las reglas monárquicas y, en 1419, se desposó con el futuro Juan II de Aragón, uno de los hijos del prestigioso infante don Fernando de Antequera. En esta ocasión sí llegaron los hijos y en número de cuatro:

Carlos, Juana, Blanca y Leonor. Desde 1413 la propia Blanca era heredera del reino de Navarra tras el fallecimiento de su hermana mayor, Juana.

En 1425 asumió la Corona al fallecer su padre Carlos III, quien, al no contar con varón alguno que le sucediera, había instaurado el título de príncipe de Viana para su nieto Carlos, primogénito de Blanca y nacido en 1421. Sin embargo, este asunto causaría, años más tarde, un serio inconveniente al interpretarse de formas distintas el testamento dejado por la reina navarra, ya que en el documento doña Blanca animaba a su hijo a no ocupar el trono navarro sin el consentimiento expreso de su padre.
Por otra parte, los habitantes del reino foral nunca sintieron el aliento solidario del rey consorte, más bien todo lo contrario, dado que Juan II siempre vivió ajeno a los problemas navarros dejando a su mujer el gobierno del país. Ésta, algo melancólica por la ausencia de amor y emociones, dejó pasar el tiempo de forma abúlica comprobando cómo menguaban las fronteras a costa de las guerras emprendidas por su marido.

Doña Blanca falleció en 1441 cuando asistía a una romería en honor de la Virgen de Soterraña, justo un día después de haber celebrado la boda de su hija Blanca con el futuro Enrique IV de Castilla. Su inesperada muerte sembró el desconcierto entre las diferentes facciones nobiliarias navarras. Por un lado los beaumonteses, habitantes en su mayor parte de la montaña, defendían los intereses del príncipe de Viana. Por otro los agramonteses, procedentes en su casi totalidad de la zona de la ribera, se situaron al lado del rey Juan II, quien afrontó un segundo matrimonio con Juana Enríquez, mujer de carácter fuerte con la que tuvo al futuro Fernando el Católico.

Doña Juana consiguió impedir que Carlos, príncipe de Viana y legítimo heredero del trono navarro, accediera a éste. En 1450 estalló un conflicto fratricida que dio como perdedor al príncipe Carlos, ejecutado en Barcelona en 1461. Sin embargo, lejos de solucionarse el problema de la sucesión, se enquistó y aún resuena en nuestros días.
Imprimir artículo

7/6/13

Boudica, la reina guerrera de Britania que luchó contra la invasión romana

Miembro de la aristocracia icena, se casó con el rey de esta tribu celta. Al morir éste, defendió su territorio de las ansias anexionistas de Roma. Acaudilló a las tribus autóctonas y lideró un ejército –de entre 100.000 y 230.000 soldados– contra la ocupación de Gran Bretaña.

La expansión territorial del Imperio Romano se produjo no sin dificultades con terribles guerras que jalonaron de sangre y devastación el mundo conocido. En el caso de Britania, fue el emperador Claudio quien, en el año 43, ocupó la isla con cuatro legiones que avanzaron hacia al interior entre grandes muestras de resistencia local. Pero uno de los principales obstáculos ante la dominación romana lo constituyó la rabia de una indómita guerrera que puso en jaque a las mejores tropas imperiales.

La gran heroína de los británicos vino al mundo en torno al año 30, en algún lugar de la tierra habitada por los icenos, una tribu de origen celta que se distribuía por la antigua región de Anglia del Este (actuales Norfolk y Suffolk).

Seguramente, su familia formaba parte de la predominante élite aristocrática que gobernaba su pueblo, por lo que recibió una educación acorde a dicha posición social. En 48, la hermosa joven de largos cabellos rojizos y elevada estatura se casó con Prasutagus, rey de los icenos, con quien tuvo sus dos únicas hijas.

Todo hacía ver que la existencia de Boudica sería feliz junto a su esposo y viendo cómo crecía su familia en un contexto en el que los icenos sobrevivían siendo clientes de los invasores romanos. No en vano, el propio monarca había firmado un pacto con los latinos por el que se comprometía a que tras su óbito su reino fuera repartido entre sus hijas y Roma a cambio de constantes ayudas militares y económicas.

En el año 60 se produjo el fallecimiento de Prasutagus. Su esposa quedó como regente, dispuesta a proteger la herencia de sus hijas ante las insistentes peticiones de los romanos, los cuales reclamaron para sí la anexión del territorio iceno y una abundante fortuna, que incluía la dote gestionada por la ahora reina Boudica.

Su negativa ante el abuso extranjero provocó que unidades legionarias, enviadas por el pretor Catus Decianus, arrasasen la región de los icenos, humillando de paso a Boudica. Ésta fue desnudada en público y azotada mientras veía con horror cómo los soldados de Roma violaban a sus hijas. La afrenta desató la furia de la britana y, enarbolando su brillante carisma, fue capaz de convocar a las tribus autóctonas hasta entonces desunidas para enfrentarse, en un combate sin igual, contra la maquinaria bélica más demoledora del mundo antiguo.

Según los investigadores históricos, entre 100.000 y 230.000 guerreros siguieron a su jefa militar, quien antes de iniciar los combates invocó la ayuda de Andraste, la diosa celta del triunfo. Asimismo, Boudica –nombre que venía a significar, precisamente, victoria– realizó una ceremonia en la que liberó de los pliegues de su vestimenta una liebre (animal sagrado para los britanos), lo que enardeció aún más el ánimo de los insurrectos.

Con determinación, las tropas rebeldes avanzaron sobre diversas ciudades dominadas por los ocupantes. En primer lugar cayó Camulodonum (actual Colchester), en medio de violentas luchas que acabaron con la destrucción de la guarnición romana. En auxilio de la ciudad acudió la IX Legión Hispana. Pero los sublevados habían preparado un plan de emboscada que acabó con la vida de más de 5.000 legionarios.

El terror se propagó entonces por las filas latinas, ya que –siguiendo sus costumbres de guerra– los britanos nunca hacían prisioneros y los vencidos eran ejecutados sin compasión. El siguiente objetivo para los insurgentes fue Londinium (actual Londres), plaza que fue tomada casi sin oposición para ser quemada hasta los cimientos.

No obstante, a Roma, por entonces bajo los designios del emperador Nerón, le restaban en la isla de Gran Bretaña suficientes recursos y generales experimentados para sofocar cualquier levantamiento. Y en el año 61, el magister militum Suetonio Paulino asumió el mando de dos experimentadas legiones, con las que asestó un golpe definitivo a los mal entrenados guerreros que seguían a su valiente soberana.

La derrota fue total para los autóctonos y su reina, antes de verse presa del enemigo, prefirió quitarse la vida junto con sus hijas ingiriendo veneno. Según se cuenta, los rituales funerarios que acompañaron su entierro fueron fastuosos y dignos de la gran líder que fue. Hoy en día, su tumba sigue en paradero desconocido, lo que fomenta aún más la leyenda de esta indómita mujer.

Durante el medievo se borró su memoria para ser recuperada y ensalzada en el siglo XIX, donde los historiadores británicos la compararon con la reina Victoria. En 1905, una estatua de Boudica subida en un carro de guerra fue instalada frente al Parlamento británico, en Londres, como símbolo del sentimiento de libertad que acompañó a su pueblo en un momento tan crucial para los moradores de la vieja Alvión.
Imprimir artículo

Blas de Lezo, el almirante español que humilló a los ingleses

Fue uno de nuestros más brillantes y heroicos almirantes, participó en 22 batallas y expediciones, capturó decenas de buques al enemigo y, su actuación decisiva en 1741 durante la defensa de Cartagena de Indias, posibilitó que España salvaguardara sus rutas marítimas con América 60 años más.

Nacido en Pasajes (Guipúzcoa) el 3 de febrero de 1689, sintió desde bien pequeño la llamada del mar. En 1701, se enroló como guardiamarina en el buque insignia de la flota francesa que dirigía el conde de Toulouse. Tres años más tarde, tuvo oportunidad de recibir su bautismo de fuego en la batalla naval de Vélez-Málaga, donde una bala de cañón le hirió de gravedad teniéndole que amputar sin anestesia su pierna izquierda. Este terrible hecho no le apartó de la Armada y su comportamiento audaz le valió el ascenso a alférez de navío.

Posteriormente, participó en otros capítulos de la Guerra de Sucesión donde se enfrentaban españoles y franceses con ingleses y holandeses. En el sitio de Tolón, una esquirla de cañón le arrebató su ojo izquierdo y, en el segundo asedio de Barcelona producido en 1714, una bala de mosquete le inutilizó el brazo derecho. Todas estas severas mutilaciones originaron que sus hombres le aplicaran diferentes apelativos como Patapalo o Medio hombre, que acompañaron al bravo marino vasco a lo largo de su carrera profesional. En este tiempo, y con menos de 30 años de edad, ya estaba considerado uno de los mejores militares españoles alcanzando la graduación de capitán de navío.

En 1723 recibió la misión de limpiar las costas del Pacífico de piratas y corsarios, tarea que cumplió con eficacia extrema. Dos años más tarde, se enamoró de doña Josefa Pacheco de Bustos, con quien se casó en Lima, Perú. En 1730 regresó a España convertido en general de Marina, para acto seguido asumir el mando de seis navíos con el encargo de reclamar a la República genovesa dos millones de pesos pertenecientes a la corona española. No sólo consiguió la preciada fortuna, sino que también obligó a los italianos a rendir homenaje a la bandera española so pena de ser cañoneados desde el mar.

En 1732 capitaneó la expedición militar que reconquistó la perdida ciudad de Orán. Y, en ese sentido, cabe ser mencionada su intrépida persecución sobre el buque insignia del pirata argelino Bay Hassan, quien buscó refugio en la bahía de Mostagán. Despreciando el peligro, Blas de Lezo y sus buques entraron a fuego sobre las defensas piratas logrando una gran victoria con el hundimiento del buque berberisco.

Pero es sin duda su magnífica defensa de Cartagena de Indias (Colombia) lo que le inmortalizó para los anales de nuestra historia naval. En 1737, fue nombrado Comandante General de aquella plaza, centro neurálgico de la presencia española en América. En 1739 estalló el conflicto bélico entre Inglaterra y España conocido como la guerra de "la oreja de Jenkins". Las pretensiones inglesas pasaban por asestar un golpe definitivo y humillante a los españoles arrebatándoles puntos clave de sus posesiones americanas. Para ello abastecieron la flota más impresionante jamás vista, había enviado contra Inglaterra en 1588. La expedición punitiva británica estaba integrada por 186 buques de guerra y transporte en los que se distribuían 10.000 tropas de asalto, 12.600 marineros y 1.000 macheteros jamaicanos. Estos efectivos estaban apoyados por 2.620 piezas de artillería. Frente a ello, Blas de Lezo apenas contaba con 2.230 soldados del ejército más 600 arqueros indios traídos del interior.

Almirante Vernon
Durante 67 días, los españoles aguantaron el cañoneo incesante de los buques ingleses dirigidos por el almirante Vernon (foto). Rechazaron el ataque terrestre ocasionando innumerables bajas al enemigo, hasta que, finalmente, su tenacidad y la excelente dirección de don Blas hicieron retroceder la ofensiva inglesa ocasionando su retirada de aquel escenario. La derrota se digirió mal en Londres, donde en principio creyeron que su ejército había obtenido una resonante victoria. El propio rey Jorge II ordenó que no se escribiera nada sobre lo acontecido con el consiguiente e injusto soterramiento histórico.

Por su parte, Blas de Lezo quedó maltrecho tras los combates muriendo poco después en un incomprensible y poco honroso olvido, aunque a título póstumo se le otorgó el marquesado de Oviedo. Hoy en día ni siquiera sabemos dónde se hayan sus restos mortales y eso que su éxito propició que España mantuviera más de 60 años intacta su actividad marítima y comercial con las colonias americanas. No obstante la memoria de este indiscutible lobo de mar quedó representada en diferentes navíos como la fragata del tipo F-100 que en la actualidad lleva su nombre.
Imprimir artículo

4/6/13

Blanca de Castilla, la ejemplar española que reinó en Francia

Nacida en Palencia en 1188. Hija de Alfonso VIII de Castilla, se casó con el futuro rey de Francia, Luis VIII. Tras la prematura muerte de su esposo, se hizo cargo del país hasta que su hijo alcanzó la mayoría de edad. Logró controlar a la nobleza feudal y favoreció el desarrollo del arte gótico.

Fue nieta de la gran Leonor de Aquitania, hija del rey castellano Alfonso VIII, esposa del monarca francés Luis VIII y madre de San Luis. Durante toda su vida se caracterizó por sus innegables dotes de gobierno y una personalidad a prueba de sediciones, conjuras y revueltas, lo que le permitió pasar a la Historia como modelo destacado de soberana medieval.
Aquélla que fue llamada por sus coetáneos "la reina buena y justiciera" nació a principios de 1188 en la ciudad de Palencia. Sus padres, los reyes Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet, tuvieron una extensa prole que llegó a contar 17 hijos, de los que algunos fueron monarcas en los países más influyentes del momento.

En el caso de Blanca, su destino quiso unirla al futuro de Francia. Un acuerdo entre el soberano galo Felipe II Augusto y el monarca inglés Juan sin Tierra facilitó el camino para que la infanta castellana contrajera nupcias con Luis, primogénito del rey francés.

La encargada de llevar a término este lance entre estados fue Leonor de Aquitania. Ella se encargó personalmente de seleccionar entre sus nietas a la candidata más idónea. La elegida fue Blanca, y juntas viajaron a Francia para cumplir con el matrimonio impuesto.

Una vez en la corte, la joven se integró con absoluta normalidad en los ambientes palaciegos de su nueva patria. Desde los primeros instantes demostró una lúcida inteligencia que le permitía sondear con claridad meridiana el estado de las cosas en aquella Francia acuciada por difíciles problemas arrastrados desde tiempo atrás. A estos peligros se sumaba la incómoda herejía cátara que se propagaba por los territorios del Languedoc y del Midi, amenazando con ello la estabilidad de un reino muy limitado en sus marcas fronterizas.

Blanca, esposa del heredero desde el 23 de mayo de 1200, no quiso permanecer en un segundo plano y participó —tras la mayoría de edad de su marido— en diferentes cuestiones del Estado, incluidas las guerreras. Así, acompañó a su esposo en las campañas victoriosas contra los ingleses, como en la batalla de Roche-aux-Moines —librada en 1214— que supuso para el valeroso Luis VIII el sobrenombre de El león. Mientras tanto, doña Blanca iba dando a luz un descendiente tras otro, hasta un total de 11 y, aunque cuidó personalmente la educación de todos ellos, sus desvelos se centraron en la instrucción de su primogénito, el futuro Luis IX.

En 1223 fallecía Felipe II Augusto, siendo sucedido por su hijo Luis, si bien éste apenas pudo reinar tres años por causa de una inesperada muerte cuando contaba 38 años. Esta situación la dejó viuda y regente de un reino confuso a expensas de diferentes peligros. Casi de inmediato, los nobles más reaccionarios se sublevaron contra la monarquía al no aceptar una reina extranjera en su trono. Asimismo, los ingleses aprovecharon la circunstancia para tomar nuevamente posiciones en los territorios galos.

Ella, lejos de amilanarse, se puso al frente de sus ejércitos y con gran tenacidad consiguió sofocar los núcleos sediciosos mientras sojuzgaba el ánimo de los cátaros, defendidos por el conde Raimundo VII de Tolosa, con quien —gracias a un acuerdo matrimonial— pudo resolver el problema planteado desde el sureste francés. Esto facilitó la anexión plena de esas tierras al cada vez más extenso reino galo.

Durante estos años, la regente Blanca fue testigo del esplendor del arte gótico. En compañía de su hijo favoreció oportunos mecenazgos que levantaron bellos santuarios, como Sainte-Chapelle, iglesia concebida para albergar las santas reliquias traídas de Oriente. También combatió con éxito movimientos religiosos dominados por la histeria, como La cruzada de los pastorcillos.

En 1234 casó a su hijo —el futuro Luis IX— con Margarita de Provenza. Dos años más tarde le entregó el gobierno de la nación, tras cumplir éste la mayoría de edad. Todo hacía ver que ahora sí la vida pública de doña Blanca recibiría un aliviador respiro. Sin embargo, las inquietudes religiosas de su vástago le impulsaron a encabezar una nueva cruzada contra el islam, que acabó en un estrepitoso fracaso con la captura del propio monarca. Esto devolvió a la reina madre a una forzosa primera fila de la política, desde la que siguió administrando buenas dosis de sabiduría y justicia entre sus súbditos.

El 27 de noviembre de 1252 fallecía, sabiendo que su hijo había sido al fin liberado de su cautiverio. Su entierro se produjo en medio del dolor y el profundo respeto inspirado gracias a su deslumbrante carisma. Actualmente, los franceses la siguen considerando el mejor ejemplo de reina capaz en un tiempo fundamental para la edificación de su historia como gran potencia europea.
Imprimir artículo

Bilqis de Saba, la inteligente y bella reina que enamoró al sabio Salomón

Nació en la primera mitad del siglo X a. C. Llegó al trono tras envenenar a su hermanastro, designado para asumir la corona sabea. Sin embargo, su reinado se caracterizó por la justicia y el respeto a las mujeres. De su unión con Salomón nació Menelik I, el primer emperador etíope.

Protagonizó junto al hebreo rey Salomón uno de los romances más sonados del mundo antiguo. Según la tradición musulmana, su verdadero nombre era Bilqis, aunque la costumbre religiosa etíope la denominó Makeda. En todo caso, su hijo Menelik I –primer negus [emperador] etíope– inauguró una dinastía que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX.

La glamourosa reina de Saba caminó envuelta por la bruma, entre senderos históricos y leyendas inscritas en la tradición popular o en los libros sagrados. Vino al mundo durante la primera mitad del siglo X antes de Cristo. Lo más probable es que su lugar natal fuera Ma’rib, antigua capital del reino de Saba (actual república del Yemen), un enclave geográfico situado al sur de la península arábiga que prosperaba gracias al comercio de las especias y plantas aromáticas.

Su riqueza era tan famosa como poderoso el ejército que servía a los reyes sabeos, siendo en tiempos de Bilqis una de las potencias regionales más respetadas del momento. Según parece, nuestro personaje creció en los ambientes palaciegos de Ma’rib, donde recibió una esmerada educación mientras concebía la ilusión de sentarse algún día en el trono de su país.

Tras la muerte del rey, su progenitor, la princesa Bilqis comprobó que ese sueño no se podía cumplir, dado que un hermanastro suyo fue el designado para asumir la corona sabea. Dicha circunstancia no impidió que la ambiciosa Bilqis lo envenenase, para ya sin oposición dirigir con justicia, equidad y digno trato a las mujeres los destinos de su fértil reino.

Casi de inmediato, las noticias sobre la inteligencia y belleza de la flamante reina recorrieron las rutas comerciales transitadas por las caravanas de mercaderes y no tardaron en llegar a oídos del sabio Salomón, proclamado tercer rey de los judíos y con un Estado en permanente expansión.
Pronto, ambos talentos quisieron conocerse a fin de establecer los necesarios protocolos de amistad que beneficiasen a los dos países más pujantes de Oriente Próximo en aquella época. Se dice que la visita de Bilqis a Salomón fue tan suntuosa como enigmática, pues la sabea pretendía testar en persona los grandes conocimientos atribuidos al hijo de David.

La reunión fue muy sugerente y, según las crónicas, dejó satisfechos a los partícipes del evento, tanto que Salomón, a pesar de las 1.000 mujeres que integraban su harén, mostró el deseo de casarse con Bilqis.

La reina, después de agasajar a su pretendiente con ?20 talentos de oro (unas siete toneladas), multitud de plantas aromáticas y otros lujos de aquel tiempo, accedió a desposarse aun a costa de perder la virginidad, acaso su tesoro más preciado y de la que ella hacía gala como signo de pureza. De esta unión nacería Menelik, considerado en los anales religiosos etíopes primer negus viviente de una dinastía que se prolongaría durante centurias hasta que Haile Selasie, su último representante, fuese derrocado en ?974. La relación entre Salomón y Bilqis se consolidó, y parece que el hebreo visitó a su feliz cónyuge del sur con mucha frecuencia sin que importase la enorme distancia que separaba sus reinos. También se afirma, más en el terreno de la leyenda, que Menelik –tras cumplir 22 años– quiso conocer a su padre, el cual le recibió con grandes muestras de afecto, pues en su opinión guardaba bastante parecido con su abuelo, el rey David. Pero de nada sirvió la inmejorable oferta que el monarca judío realizó a su vástago para que éste se quedase en Judea. Menelik decidió arrebatar del templo de Salomón la fundamental arca de la alianza, con la que escapó, dispuesto a que la pieza sagrada cumpliese el papel de piedra angular para el futuro imperio que pretendía instaurar entre Asia y África.

En cuanto a Bilqis, sabemos que su fallecimiento supuso un hondo dolor para su esposo. Éste le rindió homenaje ordenando embalsamar su cadáver siguiendo la usanza sabea. Así, el cuerpo de la soberana recibió un tratamiento exquisito para luego ser depositado en un féretro de madera de canelo, recubierto por otros de oro, marfil y finalmente cristal.


La última morada de esta famosa dignataria pudieron ser las arenas blancas y purificadas del desierto de Palmira (Siria), donde seguiría reposando a expensas de ser encontrada algún día por los arqueólogos. Sea como fuere, Bilqis o Makeda sigue constituyendo el paradigma de un espléndido sueño arraigado en tiempo de narraciones tan lejanas como maravillosas, y existen pocos casos de personajes que como ella sean respetados tanto por el Corán como por la Biblia. No es de extrañar que diversos países se disputen ser cuna de esta precursora mujer.
Imprimir artículo

21/5/13

Benito Pérez Galdós, el gran cronista de la España decimonónica


Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843. Hijo de una familia de clase media, era el menor de 10 hermanos. Pronto demostró sus dotes creativas. Novelista, dramaturgo y articulista, se convirtió en el autor más representativo del Realismo español y gozó de gran prestigio entre sus coetáneos.

Fue uno de los padres de la novela histórica española. Su extensa producción bibliográfica abarcó casi 100 títulos dedicados, en su mayoría, a contar la vida cotidiana, episodios y avatares de un país que caminaba a duras penas hacia el siglo XX, mientras debía asumir el derrumbe de los últimos vestigios imperiales. Observador y curioso por todo lo que le rodeaba, eligió Madrid como fuente de inspiración para las minuciosas descripciones de las que se nutrían sus maravillosas historias.
El autor de los célebres Episodios nacionales vino al mundo en la ciudad canaria de Las Palmas el 10 de mayo de 1843, en el seno de una numerosa familia conformada por el padre, el teniente coronel Sebastián Pérez; su madre, Dolores Galdós, y otros nueve hermanos mayores que él. Benito se convirtió en el benjamín de un clan siempre acuciado por las premuras económicas de aquel momento en el que España restañaba heridas tras la agotadora y sangrienta primera guerra carlista.


Sus primeros años los pasó en las Islas Afortunadas. Estudió en el Instituto de San Agustín, centro docente de carácter liberal, donde de inmediato mostró una acusada creatividad que le condujo a manifestar querencia por el dibujo caricaturesco y sobre todo por la literatura. En 1862 se graduó bachiller en Artes en el tinerfeño instituto de La Laguna. Para entonces ya colaboraba como articulista en algunas publicaciones de Las Palmas.

Dispuesto a ampliar sus horizontes, viajó a Madrid para estudiar la carrera de Leyes. Pero lejos de centrarse en las actividades académicas, quedó prendado por el ambiente castizo que dominaba la ciudad, y pronto ocupó sus horas en deambular por sus calles, contemplando las escenas costumbristas que más tarde plasmaría con tanta perfección de detalles en sus escritos.

Asimismo, frecuentó cafetines o las estancias del Ateneo, lugares donde se daba cita lo más destacado de la intelectualidad patria. En dichos epicentros de la opinión cultivada, el futuro escritor brilló con luz propia ofreciendo precisos apuntes críticos sobre la anquilosada sociedad española. Fue, precisamente, en Madrid donde se gestó su verdadera vocación literaria. Tras colaborar con varias revistas capitalinas, el joven escritor se convirtió en el primer traductor para España de su admirado Charles Dickens.

En 1870 culminó sus sueños con la publicación de La fontana de oro, su primera novela confeccionada dos años antes, justo cuando soplaban los vientos de la Revolución Gloriosa. En 1873 vio la luz Trafalgar, inicio espectacular de sus Episodios nacionales, una suerte de títulos ofrecidos en cinco colecciones que descubrieron a los lectores hispanos los principales acontecimientos sociales, militares y políticos que se dieron en España durante el siglo XIX.

Pérez Galdós se consagró como el autor más característico del llamado Realismo español. Sus constantes viajes por Europa (entre 1882 y 1897) le ayudaron a justificar el empeño que siempre tuvo a la hora de intentar imprimir alma de renovación y modernidad en la mortecina sociedad española de aquella época. Títulos como El doctor centeno (1883), Tormento (1884) o la inmortal Fortunata y Jacinta (1888) contribuyeron a fomentar ese profundo análisis social que el autor exigía con insistencia. A estas obras se añadirán sus éxitos teatrales, aclamados por un público entregado al buen hacer de uno de los escritores españoles más afamados de este periodo.
También se interesó por las cuestiones políticas y sostuvo una febril actividad desde las filas del Partido Progresista, dirigido por Mateo Sagasta, quien le procuró un acta de diputado por la isla de Puerto Rico.

En 1897 su prestigio literario le otorgó el sillón N en la Real Academia de la Lengua, y un tiempo más tarde una larga lista de intelectuales reclamaron para el autor canario el Premio Nobel de Literatura, asunto que, incomprensiblemente, nunca llegó a cuajar.

En el aspecto sentimental, Galdós nunca quiso contraer matrimonio, si bien se le atribuyen multitud de romances, como el que vivió con la escritora Emilia Pardo Bazán. Ésta llegó a ser una de sus más sinceras confidentes y colaboradoras. A finales del XIX, pasó largas temporadas en Santander, ciudad en la que organizó interesantes tertulias frecuentadas por lo más granado de la cultura. De ese modo, transcurrieron sus años más gozosos hasta que, en 1912, abandonó la política y sus escritos, aquejado de arteriosclerosis y de una ceguera progresiva. Arruinado y víctima de la enfermedad, falleció el 4 de enero de 1920. Más de 20.000 madrileños acompañaron su féretro hasta el cementerio de La Almudena, en homenaje a este inmenso escritor de la literatura universal.


Imprimir artículo

12/5/13

Belle Gunnes, «la viuda negra» que conmocionó a Estados Unidos




Con 19 años, esta noruega emigró a América para hacerse rica. Su vida estuvo marcada por extraños accidentes: sus maridos morían tras hacerse un seguro de vida, sus negocios ardían y los hombres con los que contactaba a través de anuncios desaparecían. Mató al menos a 42 personas.
Su historia, teñida de estafas, asesinatos y misterio, constituye una de las narraciones más populares que se cuentan alrededor de las chimeneas de los Estados Unidos de América. Y es que no menos de 42 víctimas mortales figuran en el haber macabro de esta implacable asesina en serie que soñaba con ser una rica hacendada.

Brynhilde Paulsetter Sorenson –su verdadero nombre– nació en Noruega hacia 1859. Era hija de un modesto granjero que obtenía dinero extra trabajando como prestidigitador circense en los espectáculos ambulantes que recorrían la península escandinava.

Empero, ni el circo ni la granja fueron suficientes para que la joven echara raíces en su tierra natal, y con 19 años emigró al nuevo continente, dispuesta a dimensionar de forma adecuada su ambición de riqueza.

Una vez allí, se casó con un sueco llamado Mads Sorenson. A esta unión se sumaron tres hijos adoptados, pues ella no conseguía quedarse embarazada. Todo hacía pensar que Brynhilde había encontrado, al fin, la pretendida estabilidad financiera y sentimental.

Pero poco después comenzaron a surgir los sucesos funestos que rodearon su vida. Su esposo falleció en extrañas circunstancias tras haber firmado un seguro de vida, que concedió a su desolada viuda dólares suficientes para emprender negocios que, también de forma sorprendente, ardieron después de haber rubricado los oportunos documentos aseguradores.

Con la sombra de la sospecha sobre ella, buscó refugio en el condado de La Porte (Indiana). Allí, en 1902, se compró una granja y volvió a casarse; esta vez con Peter Gunnes, un afable ganadero dedicado a la venta de carne. En ese momento, Brynhilde –que hacía gala de su nuevo nombre, Belle Gunnes– representaba a una fornida dama de más de 1,90 metros de altura y 135 kilos de peso, lo que no le impidió quedase encinta. Precisamente, durante la gestación, la Gunnes convenció a su esposo para que suscribiese un seguro de vida. A las pocas semanas, el infortunado Peter sucumbía tras recibir en el cráneo el supuesto impacto de una máquina para hacer salchichas.

Jenny, la hija mayor de Belle, advirtió que su madre había sido la causante del presunto accidente, si bien nadie quiso hacerle caso y la viuda cobró hasta el último dólar del seguro. Meses más tarde fue la niña, de apenas 10 años, la que desapareció, según su madre, para completar sus estudios en la ciudad de Los Ángeles.

Belle decidió entonces cambiar su estropeada imagen y, tras dar a luz, adelgazó unos kilos para luego comprarse una dentadura postiza de oro que desde luego iluminó su

rostro. De esa guisa, volvió a la tarea de conseguir un cónyuge perfecto para sus fines. Así, insertó anuncios en la prensa –se presentaba como una mujer joven, hermosa y de buena posición– con el propósito de contraer matrimonio con alguien de su talla que dispusiese de, al menos, 5.000 dólares en efectivo.

A este apetitoso reclamo acudieron decenas de aspirantes que fueron convenientemente esquilmados y asesinados por la implacable noruega. Hasta que, en abril de 1908, las dudas acerca de su anómalo comportamiento y las reiteradas reclamaciones de algunos familiares de la extensa nómina de desaparecidos desataron el último y terrible plan de la psicópata homicida.

El 28 de dicho mes una densa humareda cubrió la granja de los Gunnes y los que allí acudieron comprobaron, con estupor, cómo la casa había ardido en su casi totalidad, descubriéndose en su interior los cadáveres carbonizados de tres niños pequeños y un adulto sin cabeza.




De inmediato, se pensó en una desgracia fortuita. Sin embargo, la confesión de Ray Lamphere, un antiguo empleado y cómplice de la Gunnes, desveló el siniestro plan de huida urdido por la viuda. Así, al verse acosada por la justicia, Belle Gunnes acabó con las vidas de sus hijos y la de una camarera del pueblo que se parecía físicamente mucho a ella. La investigación posterior destapó un auténtico cementerio de los horrores en las tierras circundantes, con no menos de 14 cuerpos desmembrados y una enorme cantidad de brazos y piernas compilados en fosas comunes. Los restos desenterrados conformaron una lista fatal de al menos 42 víctimas mortales.

De inmediato, las noticias sobre el pavoroso suceso recorrieron el país y, como en la mejores leyendas urbanas, todos creyeron haber visto a Belle Gunnes en decenas de ciudades y pueblos. Su historia incluso se llevó al teatro con gran éxito, aunque dejando pendiente de resolución enigmas tales como si Belle murió en aquel incendio o si más bien llegó a venerable anciana disfrutando del botín expoliado a sus incautos pretendientes.

Imprimir artículo

11/5/13

Beatriz Galindo, una intelectual en la corte de Isabel la Católica

Nació hacia 1465 en Salamanca. Instruida en la disciplina del latín, fue discípula de Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana. Con 16 años era una reconocida experta en textos clásicos. En 1486 entró al servicio de la reina y permaneció con ella hasta su muerte.

Esta ilustre humanista fue una de las mujeres más cultas de su tiempo, condición que le permitió situarse al lado de la reina Isabel I de Castilla como una de sus más eficaces consejeras y amigas. Católica convencida, mantuvo a lo largo de su existencia una profunda religiosidad de la que siempre hizo gala.

Nació en Salamanca, según la mayoría de las opiniones hacia 1465. Sus progenitores provenían de linaje hidalgo, aunque mermado en sus arcas patrimoniales, asunto que no les impidió sostener una numerosa prole de la que la pequeña Beatriz fue designada para engrosar la vida del claustro conventual. Con tal motivo comenzó a instruirse en la disciplina lingüística del latín, a fin de entender mejor rezos, escrituras y cánticos.

Muy pronto destacó por su lúcida inteligencia, lo que la permitió entrar en las aulas de la célebre universidad salmantina, un lugar donde impartían clases magistrales reputados intelectuales como Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana y que, muy posiblemente, se convirtió en mentor de la brillante joven.

Con 16 años ya gozaba de prestigio suficiente para ser reconocida como una consumada especialista en textos clásicos, y en ese sentido, su autor predilecto siempre fue el griego Aristóteles, filósofo del que se convirtió en una distinguida exegeta.


En 1486, la reina Isabel I de Castilla se fijó en ella mientras buscaba preceptores para la educación de sus hijos y solicitó que la joven se trasladase a la corte con el propósito de formar parte de un selecto grupo de damas sabias que asesoraba a la monarca católica en diferentes cuestiones relacionadas con la cultura.

Mucho se ha especulado sobre el papel real que jugó La Latina (conocida así por sus coetáneos) junto a la soberana. Parece poco probable que se le otorgase el rango de maestra o de camarera de la reina, tal y como se escribió durante siglos. Sí en cambio se nos antoja más indicado que doña Beatriz fuese institutriz de las infantas Juana, María, Isabel y Catalina, además de una de las consejeras más cercanas a la reina, asesorándola siempre que era requerida. No en vano, Isabel I la consideraba una fiel amiga con la que compartía complicidad y una profunda religiosidad que las unía en momentos difíciles.

En diciembre de 1491 se casó, a instancias de los Reyes Católicos, con el oficial de artillería Francisco Ramírez, un madrileño entrado en madurez que había enviudado recientemente con cinco hijos a su cargo. El Artillero, como así era llamado en los ambientes palaciegos, era un hombre de confianza de los monarcas, a los que había servido en sus guerras contra Portugal y Granada.

A su lado, Beatriz compartió casi 10 años de serena felicidad en los que vinieron al mundo dos hijos: Fernán y Nuflo, si bien ella quiso por igual a los vástagos aportados por su marido, el cual falleció en 1501 combatiendo a los musulmanes rebeldes de Las Alpujarras. Por su parte, Beatriz, en su nuevo estado de viuda, permaneció al servicio de Isabel I hasta la muerte de la soberana, acontecida en noviembre de 1504.

Según se cuenta, acompañó al cadáver de su señora durante un mes en el trasiego hacia Granada, lugar donde quedó sepultada. Después inició un progresivo retiro de la corte para dedicarse, por completo, a la fundación de instituciones benéficas, como el Hospital de Pobres en Madrid o conventos concepcionistas de franciscanas y jerónimas (de éstas últimas tomaría los hábitos mitigados), sin perder de vista los acontecimientos políticos y sociales del país, en los que se implicó desde su reconocida popularidad.

No vio con buenos ojos y criticó con dureza el segundo matrimonio de Fernando el Católico con Germana de Foix, pero acudió solícita al llamamiento del joven rey Carlos I, cuando le pidió el mismo asesoramiento que en su día había dado a su abuela. En sus años finales soportó con amargura la muerte de sus hijos, quedando como único consuelo de su existencia las obras de caridad y el amor de su nieta Beatriz. El legado cultural de La Latina se reduce a un par de cartas en latín y algunos versos, además de un impecable testamento redactado por su pluma, en el que expresaba el deseo de repartir su fortuna entre los pobres.

Falleció en Madrid, el 23 de noviembre de 1534, con el reconocimiento de la época que la acogió. Cuando años más tarde, su cadáver fue exhumado y se comprobó que permanecía incorrupto, lo mismo que su memoria como mujer destacada en un tiempo difícil que transitaba hacia la modernidad.Hoy en día uno de los barrios más castizos de Madrid lleva su popular y recordado sobrenombre.

Imprimir artículo